Bitácora

Explorando el paisaje olfativo del Bosque de Chapultepec

Debido a la importancia histórico-social del Bosque de Chapultepec en la idiosincrasia mexicana, se explora su percepción olfativa para exponer la relevancia de los olores en los espacios públicos urbanos. De esta forma se resalta el valor cultural del sitio, que deriva tanto del significado que las personas que se relacionan con el lugar le atribuyen, como del papel de éste en la experiencia y la memoria colectivas para construir y reconstruir afectividades comunales. Se realizó una serie de caminatas y mapeos colectivos en un recorrido demarcado por la Primera Sección del Bosque, a través de actividades inspiradas en la escucha activa. Dentro de las múltiples descripciones percibidas, podemos encontrar referencias a personas y recuerdos, a otros lugares y tiempos, a afecciones, percepciones sensoriales, entre otras. Esta recopilación de descriptores olfativos muestra la apropiación del paisaje olfativo del Bosque por cada participante conforme a su propia historia personal, pero también representa una aportación en la construcción –desde sus propios recursos lingüísticos y vivenciales– de una memoria colectiva que refleja el imaginario social desde la olfacción activa de un grupo de desconocidos, quienes lograron hacer placemaking: resignificación de espacios.

El Bosque de Chapultepec puede considerarse uno de los íconos más importantes de una de las mayores metrópolis del planeta, la Ciudad de México. Es una de las áreas verdes, dentro de una ciudad, más grandes del mundo, con una apropiación pública con múltiples posibilidades de recreación y cultura. También se trata de un patrimonio con una alta carga simbólica; forma parte del imaginario colectivo de cualquier habitante de la Ciudad de México, todos tenemos algún recuerdo relacionado con Chapultepec. Como un lugar histórico, cuenta con registros de presencia humana desde hace más de 3 000 años y existen referencias de hechos importantes en prácticamente todas las épocas históricas del país. Sus manantiales fueron fuente de agua potable para los mexicas, quienes además construyeron jardines, baños y hasta estructuras arquitectónicas. Hernán Cortés consideró en su momento apropiarse de él, hasta que Carlos V lo donó a la ciudad a perpetuidad. El bosque nos pertenece a todos.

No importa qué parte del bosque visitemos, siempre podremos presenciar actividades recreativas de todo tipo. Es un paisaje cambiante, pero a la vez muy nuestro; en definitiva, un ejemplo de la apropiación colectiva del espacio público en todo su esplendor. Cada persona ha hecho suyo el bosque a su manera, nos lo apropiamos, creamos una identidad recíproca que consiste en darle una parte de nosotros, al tiempo que éste da una parte de él. Esta construcción de memorias y recuerdos no existe solamente en nuestra historia personal y colectiva, sino que se queda grabada en nuestra memoria corporal y, por lo tanto, en la sensorial.

Poco se habla de la memoria sensorial relacionada con los espacios, de cómo las características de estos espacios nos marcan y los llevamos con nosotros por el resto de nuestras vidas en forma de recuerdos; tampoco de cómo nosotros marcamos el espacio con simplemente estar y apropiarnos de él, con lo cual dejamos una huella que le da identidad al mismo. Tal es el caso de los llamados paisajes olfativos urbanos; aunque gran parte de su impronta se debe a la constitución y los materiales del lugar en sí, muchos de los olores que se suman a esta gran mezcla son aportados por nosotros como colectivo, por el tipo de actividades que realizamos como comunidad, y que están totalmente mediados por nuestra cultura.

Para empezar a entender el valor simbólico del paisaje olfativo de un lugar como el Bosque de Chapultepec, cabe hacer una revisión de los factores que nos han llevado a entender la importancia de los olores en las ciudades. También aprovecharemos para revisar cómo la memoria sensorial define y moldea el sentimiento colectivo hacia un lugar, que es un elemento crucial para construir y reconstruir memorias colectivas.

Prácticamente no existen políticas públicas para la preservación o protección de olores en ningún lugar del mundo. La mayor parte de las referencias olfativas en temas de patrimonio se asocian a lugares o a prácticas económicas. The Burra Charter menciona que los valores estéticos contribuyen a la significación cultural y pueden incluir “aspectos de percepción sensorial” que deben ser tomados en cuenta al hablar de patrimonio, sobre todo aquéllos asociados a un lugar y al uso que se le da al mismo. Por lo tanto, los olores pueden considerarse como una propiedad intangible del patrimonio y se encuentran inextricablemente vinculados a él; aun así, no son reconocidos por la Unesco en la definición de patrimonio cultural intangible.1

A pesar de esta situación, en los últimos años se ha examinado el papel que tiene el olfato en el contexto del patrimonio cultural, ya que se ha comprobado que los olores pueden formar parte de la identidad local a lo largo de la historia de un lugar o una comunidad. Esto ha llevado a evidenciar la importancia de entender su rol en la memoria pública y en el imaginario colectivo; en consecuencia, es necesario resaltar su valor comunal, que deriva del significado que tiene un lugar para las personas que se relacionan con él o del papel de éste en la experiencia o la memoria colectivas. Un ejemplo de estos esfuerzos fue realizado por el Ministerio Japonés Ambiental, que sometió a elección comunitaria, mediante una consulta nacional, los “100 olores más representativos de Japón” de entre 5,600 fragancias candidatas; el resultado arrojó descriptores como maderas antiguas, brisa marina y destilerías de sake, todos los cuales se encuentran bajo protección federal con el reconocimiento de legado cultural.2

¿Pero por qué no se ha reconocido el valor de los olores en la significación cultural? Recordemos que, durante la Ilustración, se formó una sociedad de corte antropocentrista, la cual ubicaba al hombre como un ser superior sobre las demás especies. El paradigma derivó en una jerarquización de los sentidos, que a su vez los dividió en aquellos que son racionales, masculinos y superiores (la vista y el oído), y los irracionales, femeninos e inferiores (el tacto, el gusto y el olfato). Los segundos pasaron a un plano inferior, se consideraron con cierta distancia y sin un contacto directo con la fuente; en dicha construcción ideológica se colocó al olfato en una posición de diferenciador social, la cual persiste hasta nuestros días.3

Esta situación se sumó a la revolución sanitaria que ocurrió durante el siglo xix, cuando la sociedad de la época buscó la esterilización de personas y lugares por preocupaciones de salud e higiene; en consecuencia, se buscó deshacerse de los miasmas, para lo que se convirtió a los arquitectos y urbanistas en una profesión anósmica, ya que trataban el olor como un problema y no como una posibilidad.4

El modernismo intensificó este fenómeno y rechazó el papel positivo de los olores en los ambientes urbanos, idea que condujo al intento de suprimirlos y convirtió los espacios en sitios monótonos e indeferenciados que privan a los visitantes de la experiencia corporal y sensorial. En efecto, la combinación de la práctica ocular-centrista y el acercamiento reduccionista del olfato tiene importantes consecuencias en la diferen-ciación de los lugares y, subsecuentemente, en la identidad y en el significado del “lugar”.5

En este contexto es posible identificar, desde el siglo XVI, tres tipos de sitios en los cuales se almacena la memoria: los magni loci (recintos pequeños); los loci maiores (de mayor tamaño); y los loci maximi, que dan cabida a la memoria colectiva de sociedades, y que se instala en parques, templos, pueblos y ciudades.6

Tuan7 describe el lugar como un centro de significado y sugiere que se puede experimentar por distintos medios cognitivos (activos) o sensoriales (pasivos), pues la noción de lugar está situada en un área geográfica física o como un punto en el tiempo registrado en la memoria. Knopper8 recoge estas ideas para aducir que los olores conectan la historia de una ciudad con el presente mediante asociaciones de memoria y con ello crean una imagen de ciudad. Henshaw expone que los “ingredientes” olfativos que crean un paisaje olfativo son únicos para un lugar o un tipo específico de espacio, pero la mezcla de olores en diferentes proporciones tiene el potencial de crear patrones olfativos únicos, lo que podemos llamar la genética olfativa del lugar.

El término “paisaje olfativo” (smellscape) fue propuesto por Porteous para describir la totalidad de olores propios de un lugar. Rodaway lo complementó al puntualizar que el ambiente olfativo urbano no es continuo, integrado y tan claro como puede ser un espacio visual, auditivo o táctil, por lo tanto, un humano no es capaz de detectar todos los olores presentes en un área en un punto en el tiempo.9 De esta forma se define que existen olores –a los que se llama de fondo– que son propios de las características físicas y tangibles del lugar, provenientes de la existencia de vegetación, los materiales de las construcciones, la fauna de la zona, entre otros; éstos son relativamente constantes, por lo que podemos llamarlos fac-tores olfativos “materiales”. Por otro lado, se tienen los olores propios de las actividades humanas que es posible notar en ese mismo lugar: comida, rituales, actividades recreativas, etcétera; pero como tienen un carácter episódico, podemos llamarlos factores olfativos episódicos.

Al momento de estudiar el paisaje olfativo urbano es importante considerar distintos factores que intervienen en la detección e identificación de olores: sus características, las características del individuo y el ambiente en el que se encuentran, por ejemplo. Más importante aún es recalcar que, aunque se realicen diversos estudios en un mismo lugar en diferentes momentos o días, el paisaje olfativo en su totalidad será distinto, ya que cambian todos los factores involucrados.

Una manera de hacer los estudios olfativos de un lugar es a través de caminatas y mapeos colectivos, en los que se busca sumar la memoria y la afectividad individual para lograr un consenso colectivo acerca de las características de estos recorridos y así definir de forma parcial la identidad del lugar, su olor, también llamado smell of place en inglés. Para lograrlo se utilizan técnicas que provienen de la forma más común de las caminatas sensoriales: las caminatas sonoras; de ellas se toma el concientizar a los participantes con respecto a cambiar su estado perceptual, de una olfacción pasiva a una activa, de búsqueda. Con la adopción de estos principios se realizó una exploración del paisaje olfativo del Bosque de Chapultepec por medio de una serie de caminatas olfativas compuestas por voluntarios, en un recorrido por la Primera Sección, alrededor del Castillo de Chapultepec. Se definieron cuatro paradas para platicar de los olores percibidos y definir cuáles eran de fondo o materiales, y cuáles episódicos. Cada participante registró sus percepciones en un croquis donde se había marca-do cada sección del recorrido con un color distinto; al final, vaciaron en él todas sus percepciones para así ir construyendo el mapa olfativo. Nunca se definió un lenguaje, ni reglas para comunicar sus percepciones: el registro fue totalmente libre.

Es importante recalcar que la clasificación de olores se convierte en una tarea muy compleja debido a la dificultad para registrarlos, medirlos y describirlos. Además, consideremos que el olor se encuentra incorporado a sistemas socia-les, culturales y de creencias donde las lenguas occidentales no cuentan con vocabulario suficiente para poder describirlos. Otra complicación es diferenciar descriptores del sentido del olfato, así como del acto de oler y el olor en sí mismo, evidencia de que el lenguaje es insuficiente e incluso confuso para ello; por lo tanto, casi siempre se emplean descriptores referenciales a la fuente del olor un “huele a …”.

Se pidió a los participantes crear algún sistema de clasificación de las percepciones olfativas que utilizaron en los recorridos; así se formó de manera consensual un lenguaje descriptivo y afectivo sobre los olores encontrados. En ellos encontramos que, en el Bosque de Chapultepec, tenemos familias olfativas sinestésicas –relacionadas con otros sentidos–, materiales, temporales, de movimiento, espaciales, situacionales, afectivas, fisiológicas y ambientales. A partir de estos grupos se definieron varias subfamilias, donde se agruparon los diver-sos descriptores olfativos encontrados.

Dentro de las múltiples descripciones percibidas, encontramos referencias a memorias y afecciones hacia personas y recuerdos, como hombre egocéntrico, mujer bella inconfundible, hombre maduro intelectual, despertar, cena familiar, niños jugando en la lluvia y canciones infantiles, entre otros. Todos estos descriptores hacen alusión a recuerdos personales que pudieron o no haber ocurrido en el bosque, pero que fueron evocados por algún olor que transportó a los participantes a dicho momento de sus vidas. Cabe resaltar que muchos de estos recuerdos no fueron mencionados solamente por una persona, sino que hubo repeticiones de estas asociaciones. Los olores son importantes detonadores de memorias y emociones, ya que se procesan en el llamado “cerebro olfativo”, que se encuentra cerca del hipocampo, donde se almacena la memoria episódica, autobiográfica y espacial. Esta condición le da un lugar privilegiado sobre los demás sentidos, ya que la información olfativa llega más rápido al hipocampo que cualquier otra y termina por registrarse en la memoria a largo plazo. Esto hace que el olfato tenga un papel crucial en las reacciones cognitivas, la supervivencia, el estado de salud y nuestras relaciones humanas y con el entorno.10

Otra observación que resulta interesante es que, a pesar de haber estado de manera física en el Bosque de Chapultepec, muchas personas hicieron referencia a otros lugares y tiempos, con descriptores olfativos espaciales: oficina nueva, mar Caribe, hogar; o incluso temporales: tarde de verano, invierno en soledad. La atribución de factores afectivos a las fragancias también fue una constante, en términos como emocional, irreverente, elegante, festivo, creativo y apasionado; incluso se tradujeron los olores a otras percepciones sensoriales: azul, negro, chillante, ruidoso, húmedo, circular, rugoso, liso, vacío, tibio, congelado.

También se obtuvieron descriptores propios de los olores de fondo del bosque y de su construcción material: hojas secas, tierra mojada, agua, pino, maderas, así como de olores episódicos de las actividades que estaban ocurriendo a lo largo del recorrido en el momento en el que se realizó cada una de las caminatas: algodón de azúcar, garnacha, carbón quemado, copal, perfume, marihuana.

Dentro de esta recopilación colectiva sobre un mismo lugar emerge la apropiación de cada participante del paisaje olfativo del Bosque de Chapultepec de acuerdo con su propia historia personal. También se muestra como una aportación en la construcción, desde sus propios recursos lingüísticos y vivenciales, de una memoria colectiva que refleja el imaginario social desde la olfacción activa de un grupo de desconocidos. Esta acción consigue hacer creación de lugar (placemaking), fenómeno que se enfoca en redescubrir, exacerbar y crear significados relacionados con el lugar.

Al poder reconocer un lugar desde nuestros sentidos, permitimos que éste forme parte de nuestra persona e identidad; con ello dejamos huella en la propia historia sensorial del sitio y lo resignificamos a partir de la impresión que nos causa en la memoria de nuestro cuerpo: la memoria sensorial.

Si los lugares son repositorios de la memoria, el Bosque de Chapultepec es un loci maximi que resguarda la memoria colectiva de generaciones de habitantes en la Ciudad de México. Si dejamos de lado la tendencia ocular-centrista y nos enfocamos también en otros paisajes sensoriales como el olfativo, podemos descubrir que, en el imaginario social, Chapultepec no es solamente un conjunto de olores que se refieren a materialidades propias del bosque y sus actividades, sino también a una serie de atributos afectivos que forman parte de la memoria colectiva y se hacen más evidentes al no tener un vocabulario olfativo que limite sus significados. Esto permite definir la huella genética olfativa de Chapultepec, que no es únicamente un conjunto de olores que se encuentran en él, sino también los múltiples significados y valores que le atribuyen las personas.

Proyectos como Naturaleza y Cultura traerán cambios en el paisaje olfativo del Chapultepec que conocemos, como todas las intervenciones que han ocurrido a lo largo de la historia del bosque. Por un lado, aquéllas de infraestructura traerán nuevos olores de fondo, que se volverán parte de las características materiales del lugar; por su parte, las nuevas actividades que ocurran en estos espacios atraerán tanto a grupos que ya se habían apropiado del bosque, como a otros nuevos los cuales aportarán olores episódicos. Por otro lado, la apertura de lugares que normalmente no contaban con acceso público –como es el caso del panteón de Dolores– creará nuevas conexiones sensoriales entre la gente y el lugar. Así evolucionará la significación del bosque en sus visitantes y se conce-birán nuevas memorias sensoriales colectivas relacionadas con Chapultepec.

El estudio de los paisajes olfativos es una herramienta para explorar la memoria colectiva y la percepción del lugar. Su propiedad intangible los hace más difíciles de medir, detectar e interpretar, pero su relación con la memoria y su presencia constante en nuestra vida cotidiana les permite reflejar la identidad cultural, la cual anteriormente sólo se le atribuía a los espacios.


Notas

  1. Bembibre Cecilia y Strlic Matija, “Smell of heritage: a framework for the identification, analysis and archival of historic odours”, Heritage Science, 5 (2017), 2. doi: 10.1186/s40494-016-0114-1. ↩︎
  2. Bembibre, “Smell of heritage…”, 3. ↩︎
  3. Constance Classen, David Howes y Anthony Synnott, Aroma: TheCultural History of Smell (Londres y Nueva York: Routledge, Taylor and Francis Group, 1994), 13-50. ↩︎
  4. Corbin Alain, El perfume o el miasma: el olfato y lo imaginario socialSiglos xviii y xix, (México: Fondo de Cultura Económica, 2005), 19-29. ↩︎
  5. Victoria Henshaw, Urban Smellscapes (Londres y Nueva York: Routledge, Taylor and Francis Group, 2014), 9-23. ↩︎
  6. Juana Juárez, Salvador Arciga y Jorge Mendoza, “Noción y elementos de la memoria colectiva”, en Juana Juárez Romero, Salvador Arciga Bernal, Jorge Mendoza García (coords.), Memoria colectiva. Procesos psicosociales (México: Universidad Autónoma Metropolitana, 2012), 7-45. ↩︎
  7. Y.F. Tuan, “Place: An Experiential Perspective”, Geographical Review, 65 (2) (1975), 151-165. ↩︎
  8. M. Knopper, “Cities that Smell: Some Urban Centres use Common Scents”, Expanded Academic, ASAP 22, 3. ↩︎
  9. Victoria Henshaw, Urban Smellscapes…, 1-6. ↩︎
  10. Izaskun Díaz Fernández, “Andamios olfativos: construyendo con aromas.” Bitácora arquitectura, 39 (marzo 2018), 86-93. ↩︎


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